Sara B.

 
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Es Nueva York una ciudad hipodérmica. Se cuela bajo la piel. No te envuelve, no. Nueva York se te mete dentro, pasa a formar parte de ti. Nueva York es una ciudad indómita, rebelde, salvaje. Pertenece a quienes la habitan y a quienes están de paso, se deja querer, se deja admirar, saborear, escuchar... pero no pertenece a nadie porque nos pertenece a todos. Porque Nueva York es una ciudad que te acoge, que te acepta, que no te juzga. Es una ciudad donde todo parece posible, donde no existe el miedo al fracaso. La ciudad es el sueño, es por eso que sabes que cualquier cosa podría cumplirse aquí. Porque parece imposible sentirse a solas con la ciudad en medio de una Times Square abarrotado de gente. Y, sin embargo, pasa. De repente todo el ruido, los empujones, las prisas... todo desaparece y te quedas a solas en medio del corazón de la gran manzana, con el reflejo de las luces de neón en las retinas, como si por un instante el tiempo se hubiera detenido.Y esa intimidad lo es todo. De repente entiendes que Nueva York nunca será más que un amor platónico, jamás correspondido. Un segundo, un momento. Que la ciudad se deja despeinar por ti pero no te besa. Es de asfalto, como sus calles. De hormigón, como sus edificios. Dura, impertubable, inaccesible. Dañina. Nueva York te devorará si la dejas, advierten sus fachadas... pero no se dejará morder por ti, omiten.

Nueva York