Sara B.

 
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Lisboa tiene canas color plata. El cabello recogido en una trenza, larga como el puente 25 de Abril. Sentada frente al mar en Terreiro do Paço, con el sonido de las gaviotas entremezclado con el del tranvía pienso en ello. A lo lejos alguien canta en portugués, parece una canción triste. Un fado, tal vez. Puede que hable de desamor o de despedidas. Y me gusta, pese a todo, la idea de que echar de menos implique haber tenido.

Tiene algo decadente esta ciudad. Azulejos decrépitos que visten fachadas viejas. Ropa tendida. Hierro oxidado. Puertas de madera agrietadas. Como si el cemento de sus aceras tuviera arrugas. Se me hace raro estar aquí, tan cerca y tan lejos de casa. Quizás sea que siempre llevo mi hogar a cuestas, que mi punto de partida es siempre el que pisan mis pies en este instante.

Me gusta la manera que tiene la ciudad de mostrarse firme, casi altiva, pese a que parezca que se está derrumbando a poquitos. Esa forma de supervivencia que enamora. Como una fantasía o una obra de teatro. Puede que Lisboa sea sólo una actriz retirada, peinando frente al espejo el cabello que una vez iluminaron los focos en un escenario que hace tiempo que cerró para convertirse en cualquier otra cosa.

LISBOA