Sara B.

 
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Hay algo de leyenda en Cracovia. De la de aquel dragón que escupía fuego por la boca en una cueva bajo el castillo de Wawel y que el rey Krak ordenó matar para salvar la vida de su única hija. De la de los dos hermanos arquitectos cuya rivalidad por construir la torre más alta en la Basílica de Santa María los llevó a un trágico desenlace. De la del trompetista que cada hora se asoma la ventana de Santa María para interpretar el Hejnał mariacki, la melodía inacabada.

Hay algo de historia también. La del gueto judío del barrio de Kazimierz, la de los trabajadores de la fábrica de Schindler, la de las sillas vacías de la Plaza de los héroes del gueto, de la pequeña farmacia que aún sobrevive en una de sus esquinas, contando en silencio la historia de los que gracias a la valentía de sus propietarios se salvaron de una muerte segura. La de la barbacana que hay a la entrada de la calle Floriánska, la que el pecaminoso viento del norte salvó del derribo que condenó al resto de las edificaciones medievales de la ciudad.

Hay algo de magia en la vieja capital Polaca, a la que un antiguo príncipe sueco cambio por Varsovia siglos atrás, para estar más cerca de su patria natal. En la colina del castillo de Wavel, desde la que se puede observar toda la ciudad. Magia, también, en ese patio del castillo oculto tras unas rejas en el que, dicen, reside uno de los siete chakras del mundo.

Hay un sabor también, el de los obwarzanek, esas rosquillas de pan que aparecen en cada esquina. El de los bares de leche, aquel invento soviético que a día de hoy aún garantiza un plato de auténtica comida casera a un precio irrisorio. El de los pierogi, que parecen poder rellenarse de cualquier cosa imaginable.

Tiene Cracovia ese algo de las ciudades que han vivido mucho, que han sido testigos de cambios, de luchas, de triunfos y derrotas. Tiene ese dolor pausado de las ciudades que han llorado a sus muertos. De las que han vuelto a llenar sus calles de vida, pero sin olvidar lo que perdieron. Tiene ese algo que la hace majestuosa y hermosa a la vez, fuerte y delicada. Como una suma imposible, como una historia inventada… como la leyenda que le dio nombre.

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