Sara B.

 
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Me llaman la atención especialmente las familias. Familias enteras, con sus abuelas, abuelos, madres, padres, hijos, hijas separando cerezas en el garaje del hogar familiar. Me explican que las dividen por categoría. Son muy exigentes con la calidad. Un rasguño o una hendidura deriva irremediablemente a la afectada a la caja de valor inferior. Las escogidas son perfectas. Rojas, redondas, brillantes. Parecen desafiarte a probarlas desde la caja, donde cientos de ellas se apiñan. Ni la perfección es única, es curioso.

Son las mejores cerezas que vas a probar en tu vida, me asegura uno de los muchos vendedores que nos encontramos en la ruta. Y es cierto. Me cuenta que lleva toda la vida dedicándose a esto. No sé hacer otra cosa, sonríe. Y me ofrece pimentón de La Vera. No lo vas a encontrar más barato, asegura. Segundos más tarde llega otro vendedor, se saludan amigablemente. Hoy ya sólo me queda una caja por vender, informa el recién llegado. Parece feliz.

Por la tarde los jubilados se reúnen en el bar del pueblo. Juegan a las cartas. ¿Puedo haceros unas fotos? pregunto. Ríen y asienten. Luego siguen a lo suyo. Humo de tabaco y pintan bastos. Y el reloj sigue avanzando mientras yo trato de capturar, de algún modo, la cotidianidad de la escena. Ellos hace ya rato que olvidaron mi presencia.

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cáceres