Sara B.

 
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Hay algo en los lugares que han conocido de cerca la muerte que no se puede explicar. Lo sentí por primera vez en Hiroshima y volví a sentirlo hace unos días en Auschwitz. Es un silencio. Un silencio que parece ocultarse bajo el sonido. Bajo el ruido de la lluvia al caer. Del viento. De las pisadas de los turistas, de sus murmullos, de las explicaciones de los guías… Un silencio que no se parece a ningún otro. Un silencio que hace estremecer.  Un silencio que acusa una ausencia de sonido. Que pone en evidencia lo que falta, lo que allí se ha perdido. Un silencio que se te clava dentro, que te encoge el estómago. Que te eriza la piel.

Nada de lo que te puedan contar después iguala esa sensación que, más que perseguirte, parece enraizarse en ti. Nada. Ni las miles de maletas vacías que se apilan en una de las habitaciones del campo, con las direcciones y nombres de sus propietarios, como si aún esperasen regresar algún día a ellos. Ni todas esas gafas redondas e idénticas, ciegas ya sin los ojos que un día vistieron. Ni los zapatos amontonados en una inmensa habitación que parece un monumento a tantos pies descalzos que acabaron convertidos en humo. Ni siquiera las casi dos toneladas de cabello humano que se apilan tras el cristal de la última sala, cuya visión te atraviesa como un puñal y te desgarra la boca del estómago sin piedad. El cabello enredado o recogido en minuciosas trenzas que en algún momento los nazis recortaron a los prisioneros para poder venderlos como relleno de colchones. En la entrada de la sala un cartel prohíbe realizar fotos dentro. No hubiera sido capaz de sostener la cámara. En un instante te derrumbas por dentro, la realidad te golpea: de repente entiendes la magnitud de lo allí acontecido. Y ese silencio cobra sentido.


Más de 1.300.000 personas fueron enviadas a Auschwitz. Murieron cerca de 1.100.000. A la entrada del campo aún se puede leer “ Arbeit macht frei”.

AUSchwitz